• “No es fácil extrañar”
  • Miércoles, 14 Noviembre 2018
  • Por: Leydis Luisa Hernández Mitjans
  • Fotos: Reno Massola

    Era una tarde calurosa, como casi todas las tardes cubanas. Ese día no había demasiada concurrencia, pero en los asientos delanteros estaba toda su familia, ansiosa por verlo brillar.

    A esas horas estaba nervioso, como siempre, pero esperaba que, también como siempre, una vez iniciada la actuación desapareciera el salto en el estómago y el corazón detuviera la incómoda carrera desbocada que toma en esos segundos previos a que el animador anuncie el espectáculo.

    “Todo fue un desastre. Me caí, se me resbalaron los instrumentos de trabajo porque las manos me sudaban demasiado. Traté de disimular algunas cosas, y por suerte el público no es cruel y me aplaudió enseguida, pero fue una de mis peores presentaciones”, reconoce Yaikel Placencia, malabarista de la compañía Habana y del Circo Nacional de Cuba.

    Los malabares, aunque no están incluidos entre los números más peligrosos del arte circense, están reconocidos como uno de los ejercicios más complejos. “Son horas y horas de práctica diaria hasta dominarlo todo”, sostiene el joven de 26 años, quien dice que la Escuela Nacional de Circo (ENC) es el lugar más importante/obligatorio para quienes pretenden adentrarse en este mundo que transforma el deporte en arte.

    Ubicada en lo más apartado del municipio capitalino de Playa, la ENC es la encargada de formar a quienes más tarde integrarán las compañías circenses de todo el país, y, por tanto, formarán parte de los diferentes números del prestigioso Circo Nacional de Cuba, reconocido y alabado en todo el mundo.

    “Todos los años seleccionamos entre 25 y 30 estudiantes de todo el país, aunque no siempre adicionamos en todas las provincias”, advirtió Emilio Sobrino, subdirector artístico-pedagógico del centro. Él, que durante 20 años ha estado vinculado a la institución educativa, no duda en hablar de rigor, disciplina y mucha preparación.

    “Los artistas circenses cubanos son muy aclamados internacionalmente, por tanto, las compañías extranjeras demandan mucho de ellos. Parte de ese éxito se construye aquí. Esta es de las mejores escuelas de la región y puedo decirte que los estudiantes que logran graduarse generalmente triunfan con sus números”, enfatizó.

    Roberto Suárez ayudó –con sus propias manos- a construir la Escuela Nacional de Circo hace ya más de dos décadas. Desde ese momento y hasta la fecha, ha impartido clases en el centro, ha formado y ha visto crecer a muchos que hoy son grandes artistas. Conocedor de los escenarios nacionales e internacionales, afirma que “el circo cubano tiene una larga vida”.

    “Nosotros aprendimos de la escuela rusa, cuya técnica es impecable. Ahora, imagínate que a esa técnica impecable, uno le agregue el ritmo, la soltura, la riqueza, la originalidad y la espontaneidad del baile y los movimientos cubanos. Con esos ingredientes creas algo único y eso, yo creo que no tiene muerte”, asevera ese hombre formador de talentos.

    Yaikel recuerda sus tres años en la escuela como una etapa de mucho aprendizaje, “donde se fortalece el carácter y donde uno descubre si finalmente quiere entregarse por completo a una profesión de las más sacrificadas”.

    “Para mí lo más difícil no son las horas de entrenamiento ni nada de eso. Es la distancia de mi familia. Yo soy de Iguará, un pueblecito de la provincia de Sancti Spíritus y a veces paso largas temporadas sin verlos. No es fácil extrañar”, enfatiza sonriendo, porque pocas cosas le apagan la sonrisa a Yaikel.

    Sobre el escenario es uno de los que más interactúa con el público, y este le agradece con aplausos y alabanzas.