• Sin manos derechas
  • Lunes, 26 Noviembre 2018
  • Por: Yoel Almaguer de Armas
  • Pintura: Guajiros, de Eduardo Abela

    Los viejos del barrio siempre vivieron en el barrio. Ellos mismos lo hicieron con esfuerzo colectivo. Se ayudaron en construcción de todo aquello hasta que tuvieron la casita de mampostería y dejaron atrás el caserío de las lomas, aunque todavía atendían las tierras del campo de donde salía la comida de la familia.

    Al principio eran muchos los viejitos del barrio. Casi todos se alteraban a partir de las cuatro y veinte de la tarde, cuando los muchachos salíamos de las escuelas. La calle fue el punto de encuentro y siempre había alguien para inventar cualquier juego que duraba hasta que nuestras madres, casi siempre ellas, pegaban el grito.

    A los viejitos no les gustaba que correteáramos por sus patios, ni que gritáramos, ni que dijéramos malas palabras, ni que les pidiéramos agua cuando no queríamos ir a nuestras casas porque si lo hacíamos ya no nos dejarían salir más.

    Eran adultos raros para nosotros. Muchas veces se oponían a lo que queríamos hacer. Pero cuando alguien se enfermaba se les escuchaba desde el cuarto la preocupación y el remedio casero.

    Había una de ellas que tenía una mano prodigiosa para quitar empachos, y a Lele le encantaba hablar sobre sus historias de cuando manejaba la rastra de dieciséis gomas por toda Cuba trasportando lo que fuera, de empresa a empresa.

    Quedan poquito viejos en el barrio: dos o tres, quizá. Y cada vez que se va uno, los niños que fuimos lo sufrimos mucho, porque nos vamos quedando sin manos derechas.

    Pero hay que entender.