regresar

Crónica de una sombra silente: Las drogas en Cuba

Cae la tarde sobre una calle adoquinada de Centro Habana. En las esquinas, la vida sigue con su habitual bullicio: niños que juegan, una bodega que cierra, un reguetón que rebota en la pared de un solar. Pero bajo esa aparente normalidad, se cuelan susurros discretos sobre un fenómeno que durante años pareció distante: el consumo y tráfico de drogas.

Cuba, que durante décadas mantuvo cifras bajas en comparación con otros países de la región, comienza a percibir señales de alerta. No se trata de escenarios propios del narcotráfico a gran escala, sino de formas más sutiles: el uso creciente de sustancias sintéticas, la aparición de drogas adulteradas y la circulación de medicamentos controlados sin prescripción médica.

En la mayor parte de los casos, el consumo no se presenta en forma de grandes redes, sino como un susurro entre conocidos, una pastilla compartida en una fiesta clandestina, una botella alterada. Los adolescentes y jóvenes son quienes más preocupan: muchos experimentan por curiosidad, otros por evasión. Las redes sociales y la música urbana, a veces, lo normalizan.

El Estado cubano mantiene una política de «tolerancia cero» frente al narcotráfico. En los últimos años, se han reforzado las campañas educativas en escuelas y se han emitido alertas desde el Ministerio del Interior. Las cifras sobre incautaciones de drogas en aeropuertos y costas también han ido en aumento, reflejando un escenario más complejo.

Frente al castigo, se plantea la necesidad de una mirada más amplia. Especialistas en salud mental alertan sobre la urgencia de estrategias preventivas que incluyan atención psicosocial, espacios de orientación y políticas de rehabilitación con enfoque humano. El estigma persiste: se habla poco, se denuncia poco, y cuando aparece el problema, ya suele estar avanzado.

La lucha no es solo contra las sustancias, sino por la construcción de una cultura de cuidado, información y comunidad. Porque allí donde se tiende una mano, puede desarmarse una trampa.

Por: Lic. Anabel Quiñones Agüero