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Lecciones sobre las lesiones

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Andy Díaz en el triple salto, Juan Miguel Echevarría y Maikel Massó en longitud, Yorgelis Rodríguez en el heptatlón, Roxana Gómez en los 400 metros planos… resultaron lesionados y no consiguieron presentarse con plenitud en la más importante competencia del año: los XXXII Juegos Olímpicos.

El triplista capitalino ni siquiera estuvo en la fase clasificatoria. Juan Miguel y Maikel alcanzaron plata y bronce respectivamente, pero no pudieron mejorar el color de sus medallas. Yorgelis apenas avanzó unos metros en los 100 m con vallas y se vio obligada a salir de la pista del Estadio Olímpico de Tokio en sillón de ruedas.

Roxana llegó más lejos, hasta el tramo inicial de la carrera por las preseas. Tal vez todos fueron protagonistas de una fatal coincidencia, pero lo cierto es que lo sucedido a cada uno de ellos bien vale un minucioso examen; no para buscar un “culpable” sino para algo mucho más productivo: procurar que no vuelva a suceder.

Aunque las lesiones no solo se han ensañado con los atletas cubanos, corresponde a los especialistas de acá averiguar las causas de los traumatismos de los nuestros. Más de un experto extranjero en la capital nipona considera, preliminarmente, que el proceso de adaptación al calor y la humedad, la incomodidad del largo viaje en avión y también el estado como llegaron los atletas a la magna cita multideportiva pudieran estar entre los principales motivos de semejante infortunio.

Probablemente, en esto también tenga su cuota de responsabilidad la pandemia que azota al planeta, sobre todo porque la mayoría de los deportistas arribaron a Japón con una preparación irregular, en comparación con la que hubieran tenido sin la presencia de la COVID-19.

Un mínimo detalle influyendo negativamente en la proporción aconsejable en las cargas de entrenamientos recibidas, ya sea por excesivas o insuficientes, no solo suele producir lesiones, también puede provocar un notable bajo rendimiento.

Quizá lo que afectó a los competidores de la Mayor de las Antillas fue mucho más sencillo o coyuntural: un escaso calentamiento previo con inapropiado retorno a la pausa, falta de reposo imprescindible, equipamiento inadecuado, errores en la técnica, alimentación incorrecta… pudieran ser simples, pero suficientes razones circunstanciales que se pudieran descartar o reconocer.

Sin embargo, no tiene sentido teorizar al respecto. Toca a los entendidos ahondar en el porqué de esos tristes e inesperados sucesos y hallar una respuesta lo más exacta posible. Solo de ese modo, algo del saldo total se tornaría positivo.

Así, la experiencia de lo acaecido contribuiría, indudablemente, a evitar uno de los más desagradables desenlaces que puede tener cualquier evento atlético, con su secuela de daño psicológico individual, de frustración general y de afectación a las metas de una delegación necesitada del aporte decisivo de cada uno de sus integrantes.

(Tomado de Tribuna de La Habana)

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