Cartas de despedidas del Che: reveladoras y aleccionadoras 

Las cartas escritas por Ernesto Che Guevara de 1947 a 1967 desde su juventud sintetizan y definen al revolucionario integral, en particular su fervor latinoamericanista y antimperialista y su profunda cultura.

 En el epistolario de un tiempo que abarca ese período de 20 años, correspondiente a especialistas del Centro de estudios que lleva su nombre, se incluyen sus epístolas desde la solidaridad y el internacionalismo de 1965-1967.

Una muestra palpable de sus concepciones es que regresó a Cuba en forma secreta del Congo, África, en julio de 1966 y en noviembre de ese mismo año encabezó una columna guerrillera que combatió contra el ejército de Bolivia.

Herido y capturado por entrenadores estadounidenses y tropas contrainsurgentes bolivianas el 8 de octubre de 1967, al día siguiente lo asesinaron y ocultaron sus restos para tratar de impedir un gran impacto en descorazonar futuros guerrilleros, según Walt Rostow, asesor de Seguridad Nacional del presidente Lyndon Johnson, de Estados Unidos.

Por el hecho más que comprobado de que es imposible matar las ideas, adquieren mayor connotación las cartas de despedida de su última misión internacionalista, cuando se cumplen 56 años que lo apresaron en pleno combate.

Varias están dirigidas a sus familiares, entre ellas a sus hijos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto: Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque ya no esté entre ustedes. Sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo.

A los queridos viejos: Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo.

Hace de esto casi 10 años, les escribí otra carta de despedida. Según recuerdo, me lamentaba de no ser mejor soldado y mejor médico; lo segundo ya no me interesa, soldado no soy tan malo, dijo.             

Desde el estribo de Rocinante me cuadro y te saludo. Para despedirme como siempre, sí tengo razón, sí se puede ganar una guerra como esta (y la ganaremos), le dice la que envió a su amigo Carlos Rafael Rodríguez (1913-1997), economista y revolucionario cubano.

Al Comandante en Jefe Fidel Castro: Yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba y llegó la hora de separarnos.

En lo nuevos campos de batalla llevare la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de un pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo donde quiera que esté; esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura.

Cuando estuvo en el Congo, le dedico una a Aleida March, Mi única en el mundo y bajo el seudónimo de Tatu: Todo transcurre con un ritmo lento, como si la guerra fuera una cosa para pasado mañana. Por ahora, tu temor de que me maten es tan infundado como tus celos.

Durante su batallar en Bolivia, tuvo tiempo para pedirle que le diera un beso a los pedacitos de carne, a todo el resto. Recibe el beso preñado de suspiros y otras congojas.

(Tomado de ACN

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